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Tal vez una de las personas de las que más haya aprendido es del Dr. Eliyahu M. Goldratt . Sólo he coincidido con él en tres ocasiones, pero han sido suficientes para comprender que todo aquello que no pase por el estrecho filtro de tu sentido común ha de ser cuestionado y, si la respuesta no te convence, has de volver a cuestionarlo y, así sucesivamente, hasta conseguir cambiar la situación o, en su defecto, una respuesta convincente.

Muchas de las teorías de Goldratt son aplicaciones sencillas al mundo de los negocios de principios elementales de la física, su profesión de origen. Recuerdo a más de 600 directivos empresariales gallegos escuchar embelesados aquello de que sólo se pueden comparar entre si las mediciones de la misma variable o, dicho en sus palabras: “ peras y manzanas no suman” . En el fondo sus teorías son una crítica a las metodologías científicas empleadas en las ciencias sociales, en las cuales se desarrollan complicados experimentos para comparar entre si dos variables, cuando ni siquiera existe consenso sobre qué significa cada una de ellas ni cuáles son los métodos de medición, los cuales, recordemos que, según las universalmente aceptadas normas de la serie ISO 9001, han de estar adaptados al objetivo que se pretende medir y tener garantía trazable de que miden correctamente aquello que se pretende.

En una entrada anterior La medición de la innovación , exponía las conclusiones de dos estudios sobre la relación entre la innovación y los resultados empresariales, los cuales, sin embargo, adolecen de rigor científico completo y, por tanto, serían cuestionables:

En Innovation 2009: Making Hard Decisions in the Downturn de Boston Consulting Group se define la innovación mediante la opinión de un conjunto de directivos que identifican “empresas innovadoras”.

En Impacto de la I+D+i en el sector productivo español del CDTI se define la innovación mediante una autodeclaración en la Encuesta sobre Estrategias Empresariales de la Fundación SEPI .

Ya saben, innovación y resultados empresariales no son la misma variable y, por tanto, no son medibles ni comparables; ni siquiera disponemos de un “innovómetro” o instrumento para medir la innovación. Para medir los resultados empresariales disponemos de los estados financieros, de los cuales se conocen, al menos cualitativamente, sus limitaciones para medir el beneficio conseguido por una empresa.

La gran pregunta es, por tanto: ¿existe relación entre la innovación y los resultados empresariales? y la respuesta ha de ser necesariamente: “no está científicamente demostrado”, pero tampoco está demostrado que no exista.

Probablemente la mejor manera de aproximarse a la medida de la innovación sea mediante estimaciones propias: ¿en qué se traduce la innovación en mi sector? ¿qué entendemos en mi empresa por innovación? y, así, construir un cuadro de mando que integre las distintas perspectivas y permita ir definiendo los conectores entre la innovación y la rentabilidad.

El asunto es muy interesante y captura la atención de las principales consultoras y de muchos académicos, prueba de ello es que desde la entrada anterior (mayo de 2009) se han publicado varios estudios relacionados:

En Innovation: What´s your store? de Mckinsey han desarrollado un indicador denominado IPS (Innovation Performance Store) que correlaciona muy fuertemente con el TRS (Total Return to Shareholders). El IPS se construye mediante un análisis muy detallado de los ingresos y beneficios de varias compañías, asumiendo que si una empresa consistentemente supera al mercado durante una período significativo de tiempo (siete años, por ejemplo), se debe a la introducción de nuevos productos, procesos o modelos de negocio que le permitan alcanzar mejor desempeño que sus homónimos. Es una medición de la innovación razonablemente sustentada pero que se debería probar en un grupo más amplio de empresas, con mayores series temporales y con los conectores innovación-rentabilidad cualitativamente explicitados.

En The Danger of Innovation by the Numbers , Scott Anthony de Harvard Business Publishing se cuestiona las métricas comúnmente utilizadas para medir la efectividad de los programas de innovación y termina recomendando: “Por tanto, ¿cuáles deberían ser las orientaciones que proporcionemos a los administradores de la propiedad intelectual? En primer lugar, garantizar que los investigadores están conectados al mercado. En segundo lugar, tratar de rastrear el impacto a largo plazo de los esfuerzos de desarrollo de la propiedad intelectual. Recuerde que el propósito de cualquier esfuerzo es tener impacto en el negocio. En realidad, cuando se obtiene la patente el trabajo acaba de empezar”.

En otra entrada, In market research, use numbers with caution, el mismo autor cuestiona la mala utilización que se realiza en las empresas sobre los datos obtenidos cuantitativamente, despreciando, en muchas ocasiones sin razón, las opiniones cualitativas: “Las empresas recurren con demasiada frecuencia a la investigación cuantitativa, ya que creen que existe en los números. Es mucho más fácil de justificar una estrategia diciendo: “Los datos sugieren” que diciendo, “Mi intuición sugiere.” Pero a veces los números dan una falsa confianza y ocultan las oportunidades reales.”

Existe, sin duda, un importante trabajo para adaptar las mediciones necesarias a las características y modelos de negocio de cada organización y para cualitativamente determinar los conectores entre la innovación y la rentabilidad empresarial.

Ánimo, hay mucho trabajo por hacer.

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